jueves, 12 de mayo de 2016

EL MARAVILLOSO EJÉRCITO RUSO DE SAN PETERSBURGO



(Escribí este artículo el 8 de enero de 2014 para la revista Modernícolas. Es el único de los que mandé que nunca me publicaron; así que aprovecho ahora. Simplemente por contextualizar lo que se llega a sugerir quiero dar un dato: Podemos aún no existía. Se fundó 9 días más tarde.)

Los que no repetíamos espectáculo acudíamos al Teatro Cervantes expectantes ante la posibilidad de conocer de primera mano las canciones rusas cantadas por el coro, ballet y orquesta del mismísimo Ejército Ruso. La sorpresa comienza cuando nos enteramos que no es ruso sino ucraniano. Pero para qué ponerse melodramático, que no sea ruso no nos importa mucho: al menos al público parece darle igual, tal cual, que lo mismo es portugués que español o alemán. Qué más nos da mientras nos lo pasemos bien. 

Lo cierto es que el espectáculo se beneficia de ser precisamente eso, un espectáculo sin más aspiraciones que la del entretenimiento. En la primera parte una sucesión de números se entrelaza ante la mirada absorta de los espectadores. Y funciona bien: las canciones tradicionales cantadas por el coro y acompañadas por una hierática orquesta llegan potentes y vitales. Se suceden las distintas canciones y en el escenario hay continuamente movimiento. Es una vieja táctica la de la continua estimulación a falta de una historia que contar o al menos un hilo conductor que seguir. A las canciones cantadas por el coro, les siguen los números de los solistas masculinos o femeninos, los números de baile (los mejores sin duda), los números del instrumentista tradicional o los que combinan todo. Así, ninguna canción se repite. Todo tiene sentido en la novedad de no volver a verlo. Saben los creadores del show que mientras pasen cosas sobre el escenario nadie se preocupará por entender algo de las letras de las canciones (¿No sería buena idea introducir subtítulos como se hace en numerosos espectáculos?), ni se aburrirá por la falta de argumento, ni se planteará que a ratos parece estar asistiendo a un espectáculo de maneras de Eurovisión en una canción para cambiar a clásica comedia musical norteamericana en la siguiente (todo ello, claro, pasando ininterrumpidamente por las formas musicales soviéticas y militares con ese solitario batería haciendo de regimiento de percusionistas) y, sobre todo, no atribuirá a los continuos cambios de escena y coreografía el planteamiento de que todo lo que está viendo no es más que un artificio comercial sin ningún tipo de vocación más allá que la mercantilista. 

Podría añadirse que Ucrania es mucho más que lo que se nos mostró, pero no es necesario. Sería quizás muy bonito decir que justo ahora que Ucrania está en una situación complicada entre la Unión Europea y Rusia queda un poco desdibujada esta muestra ambigua de ambas culturas (mientras unos derriban estatuas de Lenin, otros nos hacen creer que son el mismo Ejército Rojo), pero sigue sin ser necesario. Y no lo es porque el espectáculo fue un éxito. Y, ante el éxito, poco queda que decir.

Está claro que la música llegó al corazón de los asistentes al Teatro Cervantes. La vitalidad y fuerza de los bailarines cautivó a muchos. La mezcolanza del ballet clásico y de musical de Broadway consiguió ininterrumpidos aplausos. Los distintos cantantes de variados tonos e indumentaria hicieron las delicias de todos. Y es que la música, es cierto, era muy bonita y épica. Los movimientos del coro nos recordaban la camaradería de otros tiempos, la unión del grupo y del cooperativismo. Otros tiempos, sí, más oscuros, pero que no nos dejan de traer nostalgia. A la media hora de la segunda parte, cuando ya se habían acabado todos los posibles fuegos artificiales, todo parecía irse acabando tras haberse cantado en plena platea. El multi-instrumentalista ya había tocado todos los instrumentos tradicionales posibles acompañados por una música que se debatía entre ucraniana y de peli de Disney. Pero el verdadero show acababa de comenzar: era el momento de la música rusa. 

Dejando a un lado lo que pensaríamos si viéramos a los militares españoles haciendo un ejercicio similar al que hacían los ucranianos, lo cierto es que el final fue un verdadero éxito. A las míticas canciones Kalinka y Katioucha se les unió Granada, del Mexicano Agustín Lara. Y el público se derritió al ver al tenor ucraniano, cual José Carreras, cantando por las gracias de Graná. Y por un momento parecía que llegábamos al final pero… ¡Aún quedaban sorpresas! El público pareció apreciar que lo ucraniano y español nunca habían estado tan juntos cuando, tras sacar sendas banderas de los países, se procedió a tocar, cual Manolo Escobar, “Que Viva España”. Y así, entre hurras a los dos países y otros bises, se consiguió poner de pie a la inmensa mayoría del público, entusiasmado. Y es que seguramente el espectáculo consiguió el objetivo de entretener al público y, quién sabe, quizás abrió a alguien la puerta de la cultura ucraniana. A otros seguramente les sirvió para sentir orgullo patrio. Ahora, al fin, lo sabemos: cuando se trata de cutreces no somos mejores ni peores que nadie.


Epílogo escrito el 10 de mayo de 2016: 

Dos años después de haber escrito esto, me río de mí mismo y de mi inocencia. Seguramente no me publicaron el artículo en el Modernícolas porque era lo único decente que escribí. Transcribo lo que escribió Borja Lasheras sobre la posición de determinada línea de pensamiento (los Kissinger españoles) sobre la política exterior: 

“En España, al igual que en otros países occidentales, esta escuela tiene su equivalente geoeconómico, convirtiendo a menudo la política exterior en un instrumento para la apertura de negocios. Así, el énfasis cuasi-absoluto en la promoción de intereses de empresas españolas en nuevos países, por encima de otras consideraciones, como derechos humanos o democracia. Este jacobinismo español, en seguridad y defensa, opta por self-reliance, coherente con la visión utilitarista de lo multilateral que hoy impera en muchos Estados europeos.” 

Se parece un poco a lo que vi en el Cervantes, sí, aunque desde otro punto de vista. Por otra parte, la posición de los españoles respecto a este asunto es como en todo: limitada. Como yo tampoco sé mucho de este asunto voy a limitarme a compartir tres artículos que me parecen que están bien, para el que esté interesado. 


Lo que verdaderamente quería decir era algo acerca de lo que cambian las reglas del juego cuando hablamos de otros países, como Rusia o Ucrania. Como escribía Victor Lapuente Giné en El diario, en España somos políticamente unidimensionales. ¿Y esto qué significa? Esto quiere decir que:

“Los partidos se alinean de manera asombrosa alrededor de la línea, de nuestra “super-dimensión”. Los partidos de izquierda económicamente también son socialmente liberales (IU, BNG, PSOE). Y a la inversa para los de derechas (CIU, PP).”
 
Sin embargo, esto no ocurre de la misma manera en otros países, con izquierdas económicas contrarias al matrimonio homosexual y derechas económicas socialmente liberales. El otro día, en un encuentro que organizaba Borja Lasheras, había representantes de las organizaciones Open Europe y Con Ucrania. Era un evento sobre las guerras de desinformación, y el profesor Peter Pomerantsev contó cómo se manipulaba la información en Rusia. Alertó de los riesgos de pensar que todo es una conspiración en la que poco podemos hacer. Borja Lasheras, en su intervención, comentó los riesgos del relativismo ante las opiniones reaccionarias. Un conocido opositor ruso, Ilya Yashin, contó cómo le espiaban constantemente y cómo le habían llegado a detener las autoridades rusas. Más tarde algunas chicas rusas y ucranianas, entre cervezas, nos contaron cómo veían el tratamiento que hacían sobre Ucrania y Rusia las izquierdas españolas. Nos pintaron un escenario apocalíptico, con simpatizantes de Izquierda Unida y Podemos llegando a agredirles físicamente ante una especie de asentimiento general. No sé si será del todo cierto o no, aunque sí sé que podemos evaluar la cercanía o lejanía respecto a Rusia de la vieja-nueva izquierda si revisamos sus posturas. Las personas que nos contaban esto, aunque ya digo que podían estar exagerando, eran lo más parecido a la idea de lo que a mí me gustaría que fuera Europa: abierta, cosmopolita y liberal. Defendían el multiculturalismo, el matrimonio homosexual, la libertad de prensa y la igualdad entre hombres y mujeres. Todos nosotros, desde luego, hubiéramos salido con la chica rusa, que volvió trágicamente a Moscú al día siguiente. Putin representa lo contrario al concepto de Open Europe. Igual estaría bien que reflexionáramos sobre lo que creemos que lleva a los objetivos que casi todos en España nos planteamos válidos. 

Escribo esto porque mientras nos contaban todas estas historias recordé la broma del Ejército Ruso en el Teatro Cervantes. Al día siguiente me iba a Barcelona y olvidé poner las ideas en orden. Solo vean este vídeo de lo que es un gran negocio, con los aplausos en el “Viva España”: 



Hay un comentario glorioso al vídeo: 

“Qué tontería es esa escribir que canta ejército ruso, ¿estáis ciegos o qué? con bandera ucraniana no pueden cantar los rusos, cabrones, malnacidos, es la bandera ucraniana, que se ve, azul y amarilla, y es ejército ucraniano, que canta, querría saber que tonto escribe esas blasfemias”. 

El Ejército Ruso volvió a actuar en Málaga el 6 de enero de 2016. Desgraciadamente me lo perdí. Este Blog les avisará cuando vuelvan por España para que puedan ver el maravilloso espectáculo. Y cuando nos pongamos en pie con el “Viva España”, quedará bien claro que Víctor Lapuente Giné no tiene razón: no somos políticamente unidimensionales, somos unísonamente idiotas.

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