jueves, 22 de septiembre de 2016

Linklater, la Transición española y la eterna nostalgia universitaria



En la película de Linklater Movida del 76, sobre el último día de unos estudiantes en el instituto, uno de los personajes proclama lo que espera de la universidad: “Si alguna vez digo que estos han sido mis mejores años, recordadme que me suicide”. En su maravillosa última película, Todos queremos algo, un grupo de jugadores de beisbol se emborrachan, hacen deporte, conocen chicas, van a discotecas y fantasean sobre todo tipo de temas antes de que comience el curso universitario. Finnegan, el personaje más mítico de la película, es capaz de hacer cualquier cosa por follar, y cada noche sigue unas tácticas diferentes en función de las circunstancias. “Hemos bailado música disco en una discoteca absurda, country vestidos de paletos y ahora… somos punkis”, le dice el protagonista, Jake, al experimentado Finnegan. Jake tiene 18 años. 

En la presentación del libro de Ana Puértolas El grupo, en la librería Alberti, se reunieron algunos de los que fueron jóvenes universitarios en los 60. Al final de la charla, uno de ellos contó cómo se sentía al recordar aquella época. “Me es grato pensar en eso, lo recuerdo como una buena etapa, me lo pasé muy bien. En la militancia, que era disciplinada y nos ocupaba todo el tiempo, hacíamos lo que los jóvenes: socializábamos, ligábamos, nos reíamos… yo veo a los jóvenes de ahora y veo qué hablan, qué hacen y cómo son… y yo no me cambio por ellos. Había buen rollo, camaradería. Lo recuerdo muy bien”. La militancia de este grupo era diferente a la del alegre equipo de beisbol linklateriano: estamos hablando de militantes maoístas. Muchos de ellos se reencontraban después de muchos años y recordaban otros tiempos de oposición al franquismo, ideas disparatadas, peligros reales y fantasías irrealizables. 

Al comienza de la charla, Manuel Gutiérrez Aragón ya anunciaba medio en broma que “a todos nos gustaría que ahora entrara un señor con bigotito y nos detuviera en una reunión como la que estamos haciendo. Pero, claro, esto ya no pasa”. En varios momentos se glorificó esa época porque “aunque yo no digo que tuviéramos razón, era una época con belleza. Se respetaba muchísimo el pensamiento y se llamaba, aunque ahora dé gracia decirlo, a la acción”. Gutierrez Aragón contó la anécdota de aquel universitario que quiso proletarizarse y, cuando se metió en el taller a hacer cosas que no sabía, acabó cortándose un dedo. “Se quedó sin proletarizar y sin dedo”. También dijo algunas de esas cosas que no se atrevían a decirse a sí mismos. Recordó cómo se manifestaban en contra de que el régimen matara a varios antifranquistas pero no de la pena de muerte, que les parecía un mecanismo aceptable en la China de Mao: ellos luchaban por el fin de la pena de muerte burguesa pero no la popular. Mientras tanto, se trataba de ser el más puro, el más leninista y maoísta. Gutierrez Aragón acabó diciendo que, a pesar de todo, no renegaba de nada, y acabó proclamando “así que como siempre, ¡Que vivan los compañeros!”. Eugenio del Río, mucho más crítico, habló de la autocomplacencia de la generación de últimos antifranquistas y de la falta de autocrítica. Afirmó que la ideología servía como un atajo para que no se pensara y para no ver la realidad. Criticó la idea que ellos tenían de que el revolucionario puro era el que se levantaba en armas. Hizo también la siguiente afirmación: esos antifranquistas fueron lo mejor de esa generación. Muchos de los protagonistas de los distintos grupos antifranquistas tuvieron un papel destacado en la democracia. 

Ana Puértolas ha mezclado en su novela El grupo la vida cotidiana de una parte de la minoría que se enfrentó a Franco con las pequeñas cosas cotidianas de la vida de los jóvenes en el final de la dictadura. El choque entre las fantasías revolucionarias, los grandes sueños y los grandes llamamientos a la revolución armada se cruzan con los dolores de tripas, los amoríos y las cervezas. Ana contó algo sobre las dudas que tenía y no podía desvelar. “¡Cómo poner en cuestión el materialismo histórico! Y eso que, a veces, me preguntaba si eso iba de veras a arreglar lo que tenemos aquí”. Dijo que la acción les protegía de las dudas, que eran muy variopintas: desde que los detuvieran los grises hasta que sus padres se enteraran y la castigaran sin salir. 

Por múltiples circunstancias, he podido conocer a muchas de las personas implicadas en los distintos grupos de la izquierda universitaria antifranquista. Yo no sé si, como afirma Eugenio del Río, esta minoría era la mejor de su generación. Sí sé que eran muy pocos y que, por ejemplo en la Facultad de Derecho, no eran más que unos 50. Lo cierto es que, además de pasarlo bien, vivían peligros reales. Los menos, como Enrique Ruano o Javier Sauquillo, no sobrevivieron. Algunos más, como Francisco Pereña, fueron torturados. Muchos de ellos, como Manolo Garí o Jaime Pastor, tuvieron que exiliarse. La inmensa mayoría huyó en algún momento de la policía, fueron detenidos y pasaron verdadero miedo. A pesar de esto, cuando sabemos sus historias, muchos de nosotros querríamos ser uno de ellos, o al menos sentir que si hubiéramos estado en esas circunstancias nos habríamos puesto en peligro por la democracia. ¿Quién no querría haber conocido a su novia en una manifestación por la libertad? ¿A quién no le hubieran gustado las reuniones clandestinas en el Chaminade, el San Juan Evangelista y el Pío XII, los encuentros en Lavapiés, los conciertos como el de Raimon y las conferencias prohibidas como la de Solé Tura o Peces Barba? ¿Alguien en sano juicio juvenil no querría tener el pensamiento de que estaba cambiando el mundo y la historia, de que era muy importante lo que estaba haciendo? 

El problema es que el papel real de los estudiantes en el cambio a la democracia es discutible, matizable y controvertido. La oposición moderada, aquella formada por socialdemócratas y el centro derecha, quizás contribuyó más, aunque es indudable que se la jugó menos a nivel personal. Como escribe el que fue miembro del FLP Juan Ruiz Manero en el libro-homenaje a Enrique Ruano, “hay que reconocer que vernos a nosotros mismos como revolucionarios leninistas guardaba una relación con la realidad aproximadamente semejante a la de los bolcheviques viéndose a sí mismos como revolucionarios franceses (…) En realidad estábamos contribuyendo (a mi juicio muy modestamente) a dos procesos muy distinto de nuestra revolución: (…) liberalización de las costumbres y (…) reemplazo del franquismo por un régimen democrático, más o menos como los vigentes en los países de nuestro entorno”. Hay que dar muchas vueltas retóricas para haber sido maoísta, leninista, comunista, trotskista, anarquista o partidario de la lucha armada y proclamar tu eterna defensa de la democracia representativa a posteriori. Igual se trabajó más por la democracia española en las divertidas borracheras de El Quinto Toro que en las tediosas reuniones en el Comité Central. 

Si Linklater hubiera sido español podría haber hecho una gran película sobre los jóvenes universitarios de la Transición, las reuniones clandestinas en el Johny, el concierto de Raimon, la lucha contra la extrema derecha universitaria y el día en que mi padre fue al entierro de los abogados de Atocha. Haría justicia a aquellos grandes personajes que fueron los universitarios Mohedano, Manuela Carmena, Lola González Ruiz, Paco Longo, el Panfle, Jesús Aguirre y tantos otros. Captaría ese momento en que los revolucionarios de clase alta se besaban entre las fotos del Che Guevara y Lenin. Volvería sobre esa época y haría lo mismo que dijo hacer en Todos queremos algo: “poder reírme de aquellos tiempos”

También Savater ha desmitificado su papel antifranquista en varias ocasiones: “no fui a la cárcel por heroico sino por tonto”. Pero es lógico que muchos otros no puedan hacerlo. Pedir distancia ante una época que les marcó tanto es difícil, sobre todo a los que perdieron seres queridos. Puede ser muy complicado reconocer, ay, que quizás lo aparentemente banal ha acabado siendo más importante que todas esas conversaciones y hechos trascendentales. Tanto Ana como Gutiérrez Aragón dijeron que no había nada de qué renegar y que los jóvenes teníamos mucho que aprender: si ellos no han de renegar de su maoísmo yo reivindico mi socialdemocracia y democracia liberal. A pesar de todos los problemas innegables para los jóvenes, nuestra generación no ha sido detenida ni hemos sufrido peligro alguno. Es cierto que las contradicciones a las que nos hemos enfrentado han sido menores, pero también que hemos dicho y hecho menos tonterías con ínfulas de trascendencia. Igual a veces contribuye más el universitario como Finnegan que intenta follar desesperadamente que el moralista que pretende que todos tengan su compromiso y sacrificio: todos somos un poquito las dos cosas, al menos a ratos. Las cosas políticas son un poquito menos importantes que antes, y son definitivamente demasiado complicadas como para solucionarlas en cuatro reuniones clandestinas. 

En todo caso resulta normal que en la librería Alberti se echara de menos la juventud universitaria. Fue un tiempo en común que pasaron todos con mucha intensidad y que luego la vida les quitó: esa nostalgia es muy humana y no es patrimonio de la izquierda antifranquista. Salvando las distancias, cuando pasé el otro día por el Chaminade a jugar al fútbol y vi a los nuevos y sobre todo a las nuevas, volví a entender que he dejado de ser universitario y que ya no me quedan tantas historias con mis amigos de las que graba Linklater. Si siento nostalgia a los 24 años puedo imaginarme lo que sentirán los mayores de 65. Queda unirse a Finnegan, Gutiérrez Aragón y Juan Ruiz Mantero, que acaba su homenaje a Enrique Ruano como yo querría acabar mi propia narración universitaria: “cuando nos vemos en los viejos amigos del Felipe lo que vemos en ellos reflejado no es cualquier imagen de nosotros mismos, sino justamente la imagen de lo mejor que, a lo largo de nuestra vida, hemos sido”. ¡Brindemos por los amigos!

jueves, 15 de septiembre de 2016

¿Estás en el lado oscuro de la historia?




En una viñeta cómica del ilustrador del New Yorker P.C. Vey, una niña despierta a su madre debido a una idea que le atormenta. “Tuve la pesadilla de que tú y papá os levantabais un día en el lado malo de la historia”, le dice a su aburrida madre. 

Mi abuelo materno aún cuenta con sentimiento de culpa cómo pensaba, en pleno auge del nazismo, que los alemanes eran los buenos. Antes ya de que empezara la Guerra Civil Española, la situación en los pueblos de Andalucía no hacía presagiar nada bueno para los que tenían una posición acomodada. Cuando mi bisabuela lo llevaba con 7 años a las reuniones en la iglesia de Bujalance, el pueblo cordobés donde estaba destinado mi bisabuelo notario, escuchaba al cura y los demás contertulios decir que “de ésta solo nos sacarán los alemanes”. Las reiteradas menciones positivas hicieron a mi abuelo admirar todo lo que venía de Alemania. Ya comenzada la guerra civil, su padre fue asesinado a hachazos. Aunque cuando ahora lo cuenta no es capaz de matizar y dice que fueron los socialistas, todo parece indicar que lo mataron los anarquistas vinculados a la CNT. Todavía muy niño, la germanofilia de mi abuelo se enfrentó a la primera contradicción. Un jesuita, otro de los colectivos que admiraba, llegó desesperado a una de las reuniones parroquiales. “Nos han cerrado otro colegio”, dijo en referencia a los alemanes. Estas imágenes no se le vendrían a la cabeza hasta mucho tiempo después, cuando se enterara de las matanzas masivas de judíos y condenara sin ambages el régimen nazi. 

Mi abuelo no condena el franquismo de la misma manera. Para muchas personas a lo largo de la historia, no ha habido nunca contradicción en pasar de apoyar regímenes dictatoriales a democracias representativas. Cuenta Toni Judt que en los inicios de la República Federal Alemana la historia terminaba con el Imperio Guillermino y que cuando la mayoría de los alemanes echaban la vista atrás lo que recordaban era su propio sufrimiento: la ocupación de la postguerra era la “peor época de sus vidas”. El resentimiento hacia Hitler era más bien por el daño ocasionado a los alemanes y no por el daño causado a otros. Dos de cada cinco alemanes en 1952 creían que era mejor que en Alemania no hubiera judíos. Poco a poco se fue haciendo un esfuerzo mayor de memoria colectiva: al fin y al cabo los alemanes eran los europeos que lo tenían más difícil para ignorar su pasado. Pero, en palabras de Judt, “una cosa era decir la verdad sobre los nazis y otra muy diferente reconocer la responsabilidad colectiva del pueblo alemán, un tema sobre el que gran parte de la clase política seguía guardando silencio. Además, aunque el número de alemanes occidentales que pensaba que Hitler había sido uno de los grandes hombres de Estado alemanes `si no fuera por la guerra´ pasó del 48 al 32 por ciento entre 1955 y 1967 (…), esta cifra no era tranquilizadora”. Cuatro décadas después del holocausto, los alemanes serían los europeos mejor informados sobre el crimen contra los judíos. A pesar de esto, situar el régimen nazi en la historia alemana no era fácil y suponía múltiples dilemas. Esta situación dio lugar al “debate entre historiadores”: Ernst Nolte y Jürgen Habermas discrepaban sobre si había que situar el holocausto y el régimen nazi en un contexto histórico. Para Habermas hacerlo suponía “limitar” las responsabilidades alemanas. En otros países, con responsabilidades más atenuadas pero claramente vergonzantes, las autoridades hicieron todo lo posible por acallar la participación de la población en lo ocurrido. Todavía en 1990 el 40 por ciento de los austriacos pensaba que su país era una víctima de Hitler y el 43 por ciento que el nazismo había tenido sus cosas buenas y malas. Suiza no hizo esfuerzo alguno en esclarecer su papel en la guerra. En 1996 un editorial del periódico alemán Die Zeit hablaba de la caída de Suiza en “la larga sombra del holocausto”. Habían salido a la luz el tráfico de oro saqueado, la adjudicación de las cuentas corrientes de los judíos polacos muertos a las autoridades nazis y la petición que ellos mismos hicieron de que se pusiera una “J” en los pasaportes de los judíos alemanes para que pudieran ser identificados más fácilmente. 

Enfrentarnos a la realidad histórica trae muchos problemas y puede llevar a interpretaciones sesgadas. Para el historiador Erich Hobsbawn, vivimos una “gran era de mitología histórica”. La investigación histórica “debe distinguir los hechos de la ficción, lo que es averiguable y lo que no y la realidad de los deseos” y la instrumentalización por parte de los Estados, los grupos interesados y los individuos que “rein­ventan la historia en función de sus propios objetivos” hace que los debates no sean lo suficientemente matizados. En todo caso, la invención de la tradición, por parte de los Estados o de grupos interesados, es algo que no es patrimonio de esta época: es una constante en toda historia humana, tanto individual como colectiva. La necesidad de ficción es un elemento que no podemos dejar de considerar en cualquier historia. Escribe Toni Judt que “la primera Europa de postguerra se levantó sobre una memoria deliberadamente errónea: el olvido como forma de vida”. 

En España, el debate sobre la Guerra Civil y el franquismo no fue abierto en los primeros años de la transición. Por un lado, las responsabilidades políticas y morales de personalidades vinculadas a Alianza Popular y posteriormente al Partido Popular durante el franquismo son, cuanto menos, difíciles de aceptar. Como mero ejemplo, en 1969 Manuel Fraga Iribarne dio la orden al director de ABC, Torcuato Luca de Tena, de publicar el diario íntimo de Enrique Ruano, manipulándolo de tal manera que pareciera que era una persona inestable que podía suicidarse en cualquier momento. ABC tuvo que rectificar posteriormente. Todo indica que el fundador del Partido Popular, entonces Ministro de Información, llegó a llamar al padre del ya fallecido Enrique Ruano para darle a entender que, si no dejaban el asunto, su hija Margot Ruano podría ser detenida. Por otra parte, ni el PSOE ni el PCE (luego IU) deberían proclamarse como unívocos defensores eternos de lo que entendemos hoy por sistema democrático. Simplemente como ejemplo, la declaración de principios aprobada en el XXVII Congreso de 1976 del PSOE era la siguiente:

“El PSOE se define como socialista porque su programa y su acción van encaminados a la superación del modo de producción capitalista mediante la toma del poder político y económico y la socialización de los medios de producción, distribución y cambio por la clase trabajadora. Entendemos el socialismo como un fin y como el proceso que conduce a dicho fin, y nuestro ideario nos lleva a rechazar cualquier camino de acomodación al capitalismo o a la simple reforma de este sistema”. 

El PSOE fue moderándose por multitud de factores hasta renunciar al marxismo y convertirse en un partido homologable a los partidos socialdemócratas europeos. Por su parte, el PCE, que mantenía paradójicamente en los primeros años de transición un discurso más moderado que el PSOE, se enfrentó a una crisis interna para renunciar a la definición de partido “marxista-leninista”. En los debates internos sobre el asunto, Carrillo y Sánchez Montero llegaban a hacer un juego retórico característicamente comunista: renunciar al “leninista” de la definición era el mejor homenaje que se podía hacer a Lenin. Era lo que Lenin, sin duda, hubiera hecho. Para convencer a la asamblea de Madrid del voto favorable a la renuncia a la partícula “leninista”, Sánchez Montero hizo el siguiente discurso: 

“(El Partido) no está modificando nada esencial de su política, ni está abandonando sus fundamentos teóricos y revolucionarios. Los está confirmando. Conservamos de Lenin las aportaciones que todavía siguen siendo válidas hoy, los objetivos finales que son los del marxismo revolucionario, el luchar por la sociedad socialista y el comunismo, la voluntad insobornable de llegar a esa sociedad, el adecuar nuestra acción revolucionaria al análisis concreto de la realidad concreta que fue lo que hizo de Lenin el más grande revolucionario de la historia”. 

En todo caso, si hay que conceder un premio al malabarismo ideológico o, al menos, dialéctico, seguramente el ganador sería Adolfo Suárez. Como cuenta Ignacio Sánchez-Cuenca en su libro Atado y mal atado, Suárez no era precisamente un reformista cuando fue nombrado Presidente del Gobierno. En la reforma que acometió Arias en 1976, Suárez se opuso a la desaparición de los 40 de Ayete: los cuarenta procuradores que eran nombrados directamente por Franco y que suponían el “núcleo más duro del franquismo”. Cuando tuvo que defender la Ley de Asociaciones de la reforma de Arias, según Sánchez-Cuenca, “su discurso dio mucho que hablar (…). Combinaba de forma muy astuta elementos modernizadores, inequívocamente democráticos, con guiños y proclamaciones retóricas de fidelidad al franquismo”. Suárez no tenía problemas en decir que “el punto de partida está en el reconocimiento del pluralismo de nuestra sociedad” a la vez que alababa “la gigantesca obra de ese español irrepetible al que siempre deberemos homenaje de gratitud y que se llamaba Francisco Franco”. 

Establecer el grado de responsabilidad histórico de un individuo o un colectivo exige matizar. Según Raymond Aron, “existe una diferencia entre una filosofía que tiene una lógica monstruosa y aquella a la que se puede dar una interpretación monstruosa”. En cierto modo, no es lo mismo defender una idea que exige directamente la aniquilación de determinados colectivos que otra que en la práctica haya llevado a situaciones semejantes. Pero, como escribe el omnipresente Judt, “el sufrimiento humano no debería calibrarse en función de los objetivos de quienes lo causan. Según este tipo de razonamiento, para quienes fueron castigados o asesinados en los campos comunistas, éstos no son ni mejores ni peores que los nazis”. En todo caso, para que haya una reivindicación por parte de un grupo de su condición demócrata, éste debe aceptar un pluralismo difícil de encontrar en las reivindicaciones colectivas. Un pluralismo y una tolerancia de origen, esto es, una aceptación de que en aquellas circunstancias nefastas había personas que pensaban diferente que eran igual de aceptables. En el caso español, parte del bando republicano debería ser homenajeado tanto por el centro derecha como el centro izquierda. Por otra parte, los teóricos herederos de ideas y hechos a todas luces inaceptables deberían, al menos, calmar sus ánimos revanchistas. Un proceso serio de memoria histórica es doloroso y contradictorio. Exige matizar todo lo posible entre ideas nefastas y actitudes homicidas, entre personas con ideas detestables y personas netamente repugnantes, entre palabras y hechos, entre responsabilidades colectivas e individuales. Y obliga a aceptar los cambios que han hecho posible esta reconstrucción de la historia. A pesar de todas las turbulencias actuales, podemos decir que la democracia en España va ganando de paliza. Por primera vez en la historia de nuestro país, en los últimos treinta años casi todos hemos estado en el “lado bueno de la historia”. Ahora hasta los más conspicuos escépticos se presentan como “la nueva socialdemocracia”, y esta victoria es algo que nadie debería olvidar.

jueves, 23 de junio de 2016

DESPEDIRSE



El otro día fui a la graduación de mi primo Daniel. Acaba de terminar 6º de Primaria y hacían una fiesta en su pequeño colegio. Un cartel grande anunciaba la tragedia: “Una etapa se cierra, un mundo nuevo se abre, ¡siempre estaremos juntos!”. Era fácil observar que yo no pintaba nada allí: era la única persona sin hijos, en ese limbo de personas que no hablan ni se plantean ahora mismo cosas como casarse o tener hijos. “¡Tengo 23 años!”, me decía, “es lógico que no pare de salir y que me dé miedo mirarlos con sus hijos”. Cuando, hace dos años, ya empezaba a creerme poco las cosas de los enamoramientos, ponía mis 23 años como un punto de inflexión: algo así como de que a partir de ese momento las cosas serían distintas. Ahora he tenido que ponerlo a los 30. No era algo que se me haya ocurrido a mí: ya lo dejó memorablemente dicho el personaje de Ivan en Los Hermanos Karamazov

“No sé si lo creerás, pero después de nuestro encuentro con ella, era lo único que pensaba de mí, que soy un mozo de veintitrés años, un mozalbete; y ahora empiezas con eso mismo. Estaba aquí y me decía: aunque no creyese en la vida, aunque perdiese la fe en la mujer amada y en el orden de las cosas, aunque llegase al convencimiento de que, al contrario, todo puede ser un caos desordenado, maldito y, acaso, diabólico, aunque cayesen sobre todos los horrores de la desilusión humana, a pesar de todo, querría vivir y llevaría a mis labios esta copa para no separarlos de ella, ¡hasta apurarla! Por lo demás, seguramente a los treinta años arrojaré la copa, aunque no la haya apurado, y me iré… no sé a dónde. Pero hasta los treinta, estoy seguro, mi juventud lo vencerá todo, cualquier desilusión, cualquier repulsión hacia la vida. Me he preguntado muchas veces si en el mundo hay una desesperación capaz de vencer en mí esta sed frenética y hasta indecorosa de vivir, y he llegado a la conclusión de que no la hay, hasta los treinta años, se entiende, y luego como yo quiera. Eso es lo que a mí me parece”. 

Es difícil tomarse algo demasiado en serio si uno se lo piensa un poco. Los primeros amores, los que parecen tan fuertes, son en realidad los menos reales: luego las cosas se van repitiendo, es verdad, pero como escribió Marx a propósito de otros asuntos, “primero como tragedia y luego como farsa”. El amor de pareja real tiene mucho más que ver con la cotidianidad que con la pasión, con la aceptación de la mediocridad que con la ascendencia idealista. Lo describía Antonio García Maldonado escribiendo sobre Borgen, a propósito de esa edad maldita de los 30: “no es más que la necesidad de elegir. No se puede tener todo. Hay que tomar decisiones trascendentes y afrontar realidades complicadas, que es en esencia en lo que consiste la vida a partir de los 30”. En un reciente artículo en Letras Libres, Elvira Liceaga mantenía que debíamos aprender a alejarnos de las “obsesiones equivocadas”: 

“Propongo recuperar más bien una cultura del desapego a través de las despedidas ceremoniosas. ¿Por qué no aprendemos, mientras enseñamos a las nuevas generaciones, a apreciar el cuerpo humano con su propia degradación? Asumir la caducidad propia. Vivir a conciencia de que nuestros padres, nuestra pareja y nuestros hijos pueden de hecho fallecer, e ir ensayando diferentes formas de la soledad, de un poco, no mucho, de independencia o de la autonomía emocional, pero sobre todo del duelo y de la capacidad de sobrellevar las pérdidas. Comunicarnos nuestros últimos deseos, reescribir cada tanto el testamento, donar hoy mero nuestros órganos y acostumbramos a que nuestro cuerpo no es nada más nuestro. Aprovechar la cotidianidad y planear una buena fiesta en lugar de un funeral.”

Uno desearía no haber perdido el control, a estas alturas, de sus impulsos; desgraciadamente eso no se elige. Ya sólo queda teorizar sobre ellos para tratar de coger algo de distancia: no hay manera una humana de vencerlos. Como escribe Hölderlin en Hyperion:

“Cuando su divina cabeza, muerta de placer, cayó sobre mi cuello desnudo y sus dulces labios tranquilizaron mi agitado pecho y su amado aliento me llego hasta el alma... ¡oh Belarmino!, entonces me abandonaron los sentidos y el espíritu huyo de mí. Pero ya veo, sí, ya veo cómo tiene que terminar esto. El timón ha caído a las olas y el barco, como un niño cogido por los pies, será estrellado contra las rocas.”

Aparentemente, de los 23 años a los 30 hay un trecho importante. Y es verdad: aún no debería preocuparme. Cada año me da tiempo a muchas cosas, me gusta en general mi vida y no quiero cambiar demasiadas cosas de la misma: deseo sinceramente que se paralizara el tiempo y viviera siempre esta época de incertidumbre. Mi día a día está bien. Es cuando veo la vida de los demás y, incluso haciendo unos cálculos relativamente conservadores, veo que me estoy acercando peligrosamente a un “estado de cosas” determinado, cuando se me viene el “tiempo encima” y me doy cuenta de algo terrible: lo que ahora está bien pasará a ser ridículo mucho antes de lo que parece. Como ocurre en La Montaña Mágica, en cuanto uno se deje llevar a un tipo de estado mental la vida se consumirá sin que nos demos cuenta: una peonza que va dando vuelta sobre los mismos temas (la misma chica, la familia que tienes decayendo y la que no tuviste en las entrañas, lo no conseguido profesionalmente, lo perdido, la envidia) cada vez con menos fuerza, como una triste parodia.

Desde que me fui de Málaga a Madrid hace seis años no paró de despedirme. Mi vida, a veces, es una mera sucesión de despedidas. En las despedidas, es mucho mejor ser el que se va que el que se queda. Cuando uno se va se asegura tener una recepción en otro lugar, un encuentro de nuevas posibilidades: la tristeza inicial tiene un punto egoísta. Cuando uno se queda es cuando se sufre. Afortunadamente, yo casi siempre me voy. Es más fácil despedirse de los amigos; un abrazo y una nueva aventura esperarán en otro lugar: la sensación de tiempo perdido en común es menor. De la familia es complicado: los más pequeños cambian a una velocidad de vértigo y los más mayores puede que no hayan cambiado nada o que lo hayan cambiado todo para la próxima vez. Despedirse de los animales es complejo: con la esperanza de vida que tienen coger cariño por un animal es peligroso. Cada despedida es una pequeña muerte. Las peores despedidas ya se saben cuáles son. En las despedidas se da cuenta uno de lo que implican las relaciones a distancia: se llevan vidas paralelas que no se conocen y, así, todo pasa más rápido y más lento a la vez ¡Es una farsa! Uno conoce historias cruzadas, lo que es de agradecer, pero el tiempo mutuamente pasado se reduce tanto que las anécdotas no van por días… ¡van por años! En un año puedes coincidir dos veces con una persona a la que consideras importante… ¡Qué se puede sacar de ahí! Por eso es mucho más fácil despedirme de Madrid que de Málaga. Como me fui hace seis años de Málaga, mi relación con mis amigos y familia es equivalente a la de un mero año: el tiempo que he pasado físicamente allí. Desde mis 18 años, tengo tres años y medio de Madrid, uno y medio en el extranjero y otro de Málaga… ¡Por qué me he quedado sentimentalmente en mi ciudad! Tal y como pintan las cosas, Thomas Mann tiene razón: a partir del año que viene la Montaña Mágica malagueña será cada vez menor, hasta que un día en que casi desaparezca para siempre: creo que ha llegado definitivamente El último de los veranos que Airbag lleva anunciando siempre. La distancia entre el tiempo real transcurrido y el tiempo juntos pasado es cada vez más trágica. A pesar de que no paro de salir y hacer cosas, cada vez veo a menos gente dos días seguidos. ¡No solo me pasa a mí, nos pasa a todos! Últimamente me doy cuenta que en muchos holas estoy diciendo en realidad adiós y que en muchos cómo te va estoy afirmando que no construiremos nada nuevo ya nunca más. A veces pienso que la estabilidad tiene que ver con que los adioses sean hasta mañanas. La felicidad puede tener que ver con la certeza de verse al día siguiente.

Aunque solo tengo 23 años, mi vida ya no es la que era: curiosamente es en la mayoría de aspectos mejor. A mi primo Daniel deberían enseñarle que no estaremos siempre juntos, que cuando se cierran etapas se pierde la mayoría de lo que uno considera importante. Que si no somos nosotros los que nos movemos otros se moverán y te dejarán solo, que hay que cuidarse a uno mismo y no confiar demasiado en nadie. En la maravillosa película Fat City, de John Houston, un veterano púgil en decadencia (interpretado por Stacy Keach) acaba observando a un camarero, mayor, raquítico y viejo, en la barra de un bar mientras desesperado habla con un joven boxeador (ya casado) interpretado por Jeff Bridges.

-          “¿Te gustaría despertarte por la mañana y ser él? Jesús, qué basura. Antes de dar tumbos, vete en línea recta al sumidero.
-          Quizás es feliz.
-          Quizás todos lo seamos. ¿Verdad? ¿Crees que fue joven alguna vez?
-          No.
-          A lo mejor lo fue.
-          Eh amigo, yo ya me voy.
-          Quédate. Hablemos.
-          De acuerdo.”

La película acaba con un largo plano en que los dos toman café sin que tengan nada que decirse. Entonces suena la música de Kris Kristofferson con la que empieza la película: Help me make it through the night. Uno se imagina mirando a los desmejorados padres con sus hijos en su decadente graduación y criticarles duramente: entonces puede que te des cuenta de que es lo que quieres ser, y que lo que haces es ridículo. En el para mí momento más dramático de la película, el personaje de Stacy Keach, que con el aspecto devastado que tiene aparenta unos 50 años, había desvelado su edad: está a punto de cumplir 30 años. 

Mis cálculos más optimistas me dan seis meros encuentros a solas con algunas de las personas a las que quiero hasta cumplir los treinta años. Ya para esas alturas se habrán casado y tendrán sus hijos. Ya para entonces los holas serán definitivos adioses y viviré en el absoluto pasado. Sus hermanas se están casando antes de esa edad; también algunos de mis amigos de 26 o 27 años: ¡yo ya sé la que me espera! Si tengo la suerte de encontrar a alguien en una ciudad que no sea Málaga, estoy seguro que me prohibirá volver a mi ciudad. ¡Tampoco podré ir a Dinamarca ni a Berlín! La mayoría de mis amigos han mantenido ya a mi edad multitud de relaciones sentimentales. Imagino que a la cuarta o quinta, como escribió Eva Illouz, ya no caerán en las mismas escenas sentimentaloides o, al menos, no se las creerán: me da que imagino demasiado. En el fondo da igual que haya distancia o no: al final la pasión se desfigura como un sueño. “Ningún amor es original”, escribió Roland Barthes. Hölderlin describe mejor que nadie lo que quizás debiéramos destruir: 

“Había anochecido y las estrellas trepaban por el cielo. Nos paramos, en silencio, al pie de la casa. Había en nosotros y sobre nosotros algo eterno. Tierna como el éter me envolvió Diotima.
-Loco mío, ¿qué es la separación?-, me susurro misteriosamente con la sonrisa de un inmortal.
-Ahora yo también me siento de otra manera-, dije, -y no sé cuál de las dos cosas es un sueño, si mi pena o mi alegría.-
-Las dos-, respondió ella, -y las dos son buenas-.
-¡Oh perfecta!-, exclame, -hablo igual que tú. En el cielo estrellado nos reconoceremos. Que él sea la señal entre tú y yo mientras callen los labios.”

En todo caso, la esperanza no debería perderse. Lo que nunca debería hacerse, aparte de sentir dependencia absoluta por otra persona, es lo que hace el personaje lorquiano de Asi que pasen cinco años: esperar cinco años. A Lorca lo mataron justo a los cinco años de escribir la obra y al personaje de su obra le persiguen los fantasmas de las chicas con las que no estuvo. En cinco años quizás sea momento de “settle down”. Y, mientras tanto, confío moderadamente en la mayoría de mis amigos, tanto de Málaga como de Madrid, para poder seguir manteniendo las “conversaciones que duran toda una vida”. Ahora no me queda otra que seguir haciendo lo que hago: irme a Francia de vacaciones. Se pueden vivir infinitas vidas. Me despido del blog hasta septiembre, en una despedida no amarga.

Debería decir el cartel de la graduación: “una etapa se cierra, un mundo nuevo se abre, ¡No siempre estaremos juntos pero el recuerdo nos mantendrá unidos! Vive todas las posibles vidas que tienes dentro de ti.”