jueves, 19 de mayo de 2016

SOBRE LOS TOROS Y LA BELLEZA EN LA MUERTE



Comienza Rubén Amón su texto Je suis taurino de esta manera: 

“No dispongo de grandes argumentos racionales para defender la corrida de toros. Ni me gusta demasiado recurrir a ellos, sobre todo porque las razones económicas y las medioambientales, abrumadoras en ambos casos, aportan un exceso prosaísmo a este misterio eucarístico y pagano que José Tomás, por ejemplo, nos hizo experimentar hace unos días en Jerez de la Frontera.”

Luego su retórica avanza para venir a decirnos lo que ya venía anunciado en el subtítulo de El País

“El problema no son los toros, sino la deriva aséptica de una sociedad que reniega de la muerte”. 

Rubén Amón, que parece escribir arrebatado por el duende flamenco, defiende en su artículo que la creatividad viene de la muerte. Sin duda apasionado por lo que vio en Jerez, para él los toros no necesitan explicación y, ante todo, nunca deberían dejarse influir por la “doctrina flower power de una sociedad infantil y aséptica que abjura de la muerte y que reniega de cualquier expresión estética capaz de exponerla o dramatizarla”. Respecto a los contrarios al espectáculo taurino, Amón entiende que practican “los presupuestos neofranciscanos de la progresía” y sentencia que “humanizamos a los animales y deshumanizamos a los hombres” en una de esas ideas felices que parecen poner en contradicción el progreso actual. Porque para Amón, y aquí está el quid de la cuestión, “el problema consiste en los hábitos e hipocresías de una cultura inodora, incolora e insípida que recela de cualquier expresión irracional e instintiva y hasta dionisiaca”. Contrapone nuestra mojigatería y prohibicionismo con el de Francia, país en el que según él, en el enésimo recurso literario, acabarán exiliados los amantes del espectáculo. 

Rosa Montero, en un artículo llamado Suerte Papá escrito en El País en 2006, cuenta cómo, de niña, esperaban las mujeres de su casa al padre, torero, cuando marchaba a Las Ventas. El mundo ritualizado del toreo era percibido por ella como “una especie de romanticismo legendario, la proeza del reto, el coraje de afrontar el beso de la muerte cada tarde”. Las mujeres de la casa rezaban el rosario cuando el valiente torero se disponía a vencer de nuevo a la muerte. La niña Rosa Montero atribuía la protección de su padre a las palabras mágicas que ella le dedicaba. Es un artículo precioso al que volveré al final del artículo. 

Tsevan Ratban, en un artículo en la revista Jot Down sobre los toros, admite el enorme placer vital derivado de la belleza de los movimientos acompasados de un animal que se ve forzado, por su instinto y por el dominio del matador, a formar parte de un baile esencial. Les aseguro que ese placer es auténtico, y aunque la condición imprescindible para su producción es la presencia del sí y el no, del ser y la nada, y el fin del animal a manos de quien le ha permitido ser como es realmente, ese placer no es fruto del dolor aunque sea imprescindible”. Dicho esto, Tsevan aboga por la desaparición de las corridas. Y da el mejor argumento que he encontrado: 

“Creo que la razón básica, que tiene que ver con el maltrato público innecesario a un animal, no exige saber acerca de las corridas más allá de lo que básicamente sucede en ellas. Los seres humanos deberíamos evitar, en la medida de lo posible, hacer daño a los animales —sobre todo a aquellos con un sistema nervioso más desarrollado— salvo que resulte inevitable para la satisfacción de nuestras necesidades y no exista un sustituto razonable. Y deberíamos intentar minimizar su sufrimiento en cualquier caso.” 

Yo no voy a entrar en si los toros deben ser o no prohibidos. Algunos de mis amigos son acérrimos taurinos y siento un alto respeto por ellos; como es lógico esto no es argumento de nada. Simplemente me resulta complicado prohibir algo a gente que considero racional y razonable, y no hablo de mis amigos: hablo de personas con niveles de autonomía y respeto alto por lo que hacen. No estoy tan seguro de mí mismo en este punto como para eventualmente votar, aunque hubiera una mayoría clara favorable, por la prohibición de los toros. Estoy seguro de que si se prohibieran los toros perderíamos, como dice Tsevan, “uno de los pocos residuos auténticos de una forma de vida primitiva, conectada con la vida y la muerte y con el instinto animal —especialmente el instinto humano. Y desaparecerá además un producto cultural, paradójicamente refinado, como esos otros ritos de vida y muerte —el sacrificio humano, la guerra ritual o el rapto, entre otros— destilados desde la crudeza de la lucha por la existencia”, así que no me voy a pronunciar en este punto. 

Pero lo que me parece difícil de aceptar son los argumentos de Amón. La representación de la muerte ha sido uno de los grandes motivos del arte, a lo largo de la historia. Pero Amón habla de un culto a la muerte no figurativo y de una sociedad actual (que aparentemente detesta) que reniega de la muerte. Por supuesto que renegamos de la muerte: es un gran progreso del que deberíamos sentirnos orgullosos. Se ha refinado el trato humano en todos los sentidos y hacemos todo lo posible para que la muerte esté poco presente en nuestras vidas. Imagino, quizás ingenuamente, que Amón no defenderá la peligrosidad intrínseca del toreo, esa cercanía de la muerte que lleva a la creatividad de la que habla tan alegremente. Que una persona muera es una tragedia, sin más. Si muere en faena torera sigue siendo una tragedia, sin más. Y que no se tomaran todas las medidas posibles, ex ante, destinadas a evitar la muerte del torero, me parecería una grave irresponsabilidad y un motivo de peso para prohibir las corridas. La peligrosidad para la persona podría ser un motivo de peso para que las corridas dejaran de existir, si fuera real (que imagino que sí) ese riesgo a la salud del torero. 

Mi experiencia con los toros en directo es casi nula. Una vez acompañé a mis primos a la Plaza de La Malagueta en Málaga y prometí no volver. Mi experiencia con la matanza de animales en directo es también escasa. Recuerdo una vez en la finca de mis abuelos cómo mataron a unos perritos, ante las mentiras que nos contaron a todos los primos. También recuerdo, paseando por Calcuta, como Daniel y yo asistimos a un desfile de degollamientos de corderos en un callejón estrecho en el que se veían y olían todas las vísceras de los animales. Desde entonces dejé de tomar cordero en India; más por las arcadas que por los valores. La consciencia con los animales en la India era muy alta y el trato hacia ellos mucho más refinado que el nuestro; pero la pobreza daba a que también hubiera situaciones así. No es este un artículo sobre vegetarianismo, en todo caso, sino sobre el culto a la muerte: para Amón es un problema todo lo que ha significado este progreso que, claro, nos ha vuelto ultrasensibles a la muerte.  

He disfrutado la biografía que hace Manuel Chaves Nogales del torero Juan Belmonte, en la que se cuenta, con todo tipo de detalles, el sufrimiento y la grandeza del toreo, la peligrosidad intrínseca de este arte y toda esa vida novelesca y romántica del torero ante el toro. Y sé que el artículo de Rosa Montero retrata una España que se nos fue y que no volverá. También sé que a Lorca, a Alberti y a muchos artistas e intelectuales admirables los toros les apasionaban. Desgraciadamente, me temo que la belleza de la muerte puede existir. Pero en la sociedad tardomoderna, como ha dicho Manuel Arias Maldonado, tenemos los medios para refinar nuestro trato a los animales. Podemos distinguir entre la representación artística de la muerte y su ejecución real. Y deberíamos no idealizar pasados oscuros. La muerte nos va a llegar a todos igual y buscarla más que heroísmo es temeridad. Esa cultura “inodora, incolora e insípida que recela de cualquier expresión irracional e instintiva” es la que nos diferencia de la barbarie. Como escribía Rosa Montero en su artículo en El País

 “La costumbre, que es una clase de ceguera, hacía que nadie fuera consciente del nivel de violencia.”

Solo llego a creer que la desaparición de las corridas sería un progreso. Pero sí estoy seguro de que el retroceso llega con creerse palabras como las de Amón, meros cantos legionarios a la muerte de los que aún desfilan por la Semana Santa andaluza.

jueves, 12 de mayo de 2016

EL MARAVILLOSO EJÉRCITO RUSO DE SAN PETERSBURGO



(Escribí este artículo el 8 de enero de 2014 para la revista Modernícolas. Es el único de los que mandé que nunca me publicaron; así que aprovecho ahora. Simplemente por contextualizar lo que se llega a sugerir quiero dar un dato: Podemos aún no existía. Se fundó 9 días más tarde.)

Los que no repetíamos espectáculo acudíamos al Teatro Cervantes expectantes ante la posibilidad de conocer de primera mano las canciones rusas cantadas por el coro, ballet y orquesta del mismísimo Ejército Ruso. La sorpresa comienza cuando nos enteramos que no es ruso sino ucraniano. Pero para qué ponerse melodramático, que no sea ruso no nos importa mucho: al menos al público parece darle igual, tal cual, que lo mismo es portugués que español o alemán. Qué más nos da mientras nos lo pasemos bien. 

Lo cierto es que el espectáculo se beneficia de ser precisamente eso, un espectáculo sin más aspiraciones que la del entretenimiento. En la primera parte una sucesión de números se entrelaza ante la mirada absorta de los espectadores. Y funciona bien: las canciones tradicionales cantadas por el coro y acompañadas por una hierática orquesta llegan potentes y vitales. Se suceden las distintas canciones y en el escenario hay continuamente movimiento. Es una vieja táctica la de la continua estimulación a falta de una historia que contar o al menos un hilo conductor que seguir. A las canciones cantadas por el coro, les siguen los números de los solistas masculinos o femeninos, los números de baile (los mejores sin duda), los números del instrumentista tradicional o los que combinan todo. Así, ninguna canción se repite. Todo tiene sentido en la novedad de no volver a verlo. Saben los creadores del show que mientras pasen cosas sobre el escenario nadie se preocupará por entender algo de las letras de las canciones (¿No sería buena idea introducir subtítulos como se hace en numerosos espectáculos?), ni se aburrirá por la falta de argumento, ni se planteará que a ratos parece estar asistiendo a un espectáculo de maneras de Eurovisión en una canción para cambiar a clásica comedia musical norteamericana en la siguiente (todo ello, claro, pasando ininterrumpidamente por las formas musicales soviéticas y militares con ese solitario batería haciendo de regimiento de percusionistas) y, sobre todo, no atribuirá a los continuos cambios de escena y coreografía el planteamiento de que todo lo que está viendo no es más que un artificio comercial sin ningún tipo de vocación más allá que la mercantilista. 

Podría añadirse que Ucrania es mucho más que lo que se nos mostró, pero no es necesario. Sería quizás muy bonito decir que justo ahora que Ucrania está en una situación complicada entre la Unión Europea y Rusia queda un poco desdibujada esta muestra ambigua de ambas culturas (mientras unos derriban estatuas de Lenin, otros nos hacen creer que son el mismo Ejército Rojo), pero sigue sin ser necesario. Y no lo es porque el espectáculo fue un éxito. Y, ante el éxito, poco queda que decir.

Está claro que la música llegó al corazón de los asistentes al Teatro Cervantes. La vitalidad y fuerza de los bailarines cautivó a muchos. La mezcolanza del ballet clásico y de musical de Broadway consiguió ininterrumpidos aplausos. Los distintos cantantes de variados tonos e indumentaria hicieron las delicias de todos. Y es que la música, es cierto, era muy bonita y épica. Los movimientos del coro nos recordaban la camaradería de otros tiempos, la unión del grupo y del cooperativismo. Otros tiempos, sí, más oscuros, pero que no nos dejan de traer nostalgia. A la media hora de la segunda parte, cuando ya se habían acabado todos los posibles fuegos artificiales, todo parecía irse acabando tras haberse cantado en plena platea. El multi-instrumentalista ya había tocado todos los instrumentos tradicionales posibles acompañados por una música que se debatía entre ucraniana y de peli de Disney. Pero el verdadero show acababa de comenzar: era el momento de la música rusa. 

Dejando a un lado lo que pensaríamos si viéramos a los militares españoles haciendo un ejercicio similar al que hacían los ucranianos, lo cierto es que el final fue un verdadero éxito. A las míticas canciones Kalinka y Katioucha se les unió Granada, del Mexicano Agustín Lara. Y el público se derritió al ver al tenor ucraniano, cual José Carreras, cantando por las gracias de Graná. Y por un momento parecía que llegábamos al final pero… ¡Aún quedaban sorpresas! El público pareció apreciar que lo ucraniano y español nunca habían estado tan juntos cuando, tras sacar sendas banderas de los países, se procedió a tocar, cual Manolo Escobar, “Que Viva España”. Y así, entre hurras a los dos países y otros bises, se consiguió poner de pie a la inmensa mayoría del público, entusiasmado. Y es que seguramente el espectáculo consiguió el objetivo de entretener al público y, quién sabe, quizás abrió a alguien la puerta de la cultura ucraniana. A otros seguramente les sirvió para sentir orgullo patrio. Ahora, al fin, lo sabemos: cuando se trata de cutreces no somos mejores ni peores que nadie.


Epílogo escrito el 10 de mayo de 2016: 

Dos años después de haber escrito esto, me río de mí mismo y de mi inocencia. Seguramente no me publicaron el artículo en el Modernícolas porque era lo único decente que escribí. Transcribo lo que escribió Borja Lasheras sobre la posición de determinada línea de pensamiento (los Kissinger españoles) sobre la política exterior: 

“En España, al igual que en otros países occidentales, esta escuela tiene su equivalente geoeconómico, convirtiendo a menudo la política exterior en un instrumento para la apertura de negocios. Así, el énfasis cuasi-absoluto en la promoción de intereses de empresas españolas en nuevos países, por encima de otras consideraciones, como derechos humanos o democracia. Este jacobinismo español, en seguridad y defensa, opta por self-reliance, coherente con la visión utilitarista de lo multilateral que hoy impera en muchos Estados europeos.” 

Se parece un poco a lo que vi en el Cervantes, sí, aunque desde otro punto de vista. Por otra parte, la posición de los españoles respecto a este asunto es como en todo: limitada. Como yo tampoco sé mucho de este asunto voy a limitarme a compartir tres artículos que me parecen que están bien, para el que esté interesado. 


Lo que verdaderamente quería decir era algo acerca de lo que cambian las reglas del juego cuando hablamos de otros países, como Rusia o Ucrania. Como escribía Victor Lapuente Giné en El diario, en España somos políticamente unidimensionales. ¿Y esto qué significa? Esto quiere decir que:

“Los partidos se alinean de manera asombrosa alrededor de la línea, de nuestra “super-dimensión”. Los partidos de izquierda económicamente también son socialmente liberales (IU, BNG, PSOE). Y a la inversa para los de derechas (CIU, PP).”
 
Sin embargo, esto no ocurre de la misma manera en otros países, con izquierdas económicas contrarias al matrimonio homosexual y derechas económicas socialmente liberales. El otro día, en un encuentro que organizaba Borja Lasheras, había representantes de las organizaciones Open Europe y Con Ucrania. Era un evento sobre las guerras de desinformación, y el profesor Peter Pomerantsev contó cómo se manipulaba la información en Rusia. Alertó de los riesgos de pensar que todo es una conspiración en la que poco podemos hacer. Borja Lasheras, en su intervención, comentó los riesgos del relativismo ante las opiniones reaccionarias. Un conocido opositor ruso, Ilya Yashin, contó cómo le espiaban constantemente y cómo le habían llegado a detener las autoridades rusas. Más tarde algunas chicas rusas y ucranianas, entre cervezas, nos contaron cómo veían el tratamiento que hacían sobre Ucrania y Rusia las izquierdas españolas. Nos pintaron un escenario apocalíptico, con simpatizantes de Izquierda Unida y Podemos llegando a agredirles físicamente ante una especie de asentimiento general. No sé si será del todo cierto o no, aunque sí sé que podemos evaluar la cercanía o lejanía respecto a Rusia de la vieja-nueva izquierda si revisamos sus posturas. Las personas que nos contaban esto, aunque ya digo que podían estar exagerando, eran lo más parecido a la idea de lo que a mí me gustaría que fuera Europa: abierta, cosmopolita y liberal. Defendían el multiculturalismo, el matrimonio homosexual, la libertad de prensa y la igualdad entre hombres y mujeres. Todos nosotros, desde luego, hubiéramos salido con la chica rusa, que volvió trágicamente a Moscú al día siguiente. Putin representa lo contrario al concepto de Open Europe. Igual estaría bien que reflexionáramos sobre lo que creemos que lleva a los objetivos que casi todos en España nos planteamos válidos. 

Escribo esto porque mientras nos contaban todas estas historias recordé la broma del Ejército Ruso en el Teatro Cervantes. Al día siguiente me iba a Barcelona y olvidé poner las ideas en orden. Solo vean este vídeo de lo que es un gran negocio, con los aplausos en el “Viva España”: 



Hay un comentario glorioso al vídeo: 

“Qué tontería es esa escribir que canta ejército ruso, ¿estáis ciegos o qué? con bandera ucraniana no pueden cantar los rusos, cabrones, malnacidos, es la bandera ucraniana, que se ve, azul y amarilla, y es ejército ucraniano, que canta, querría saber que tonto escribe esas blasfemias”. 

El Ejército Ruso volvió a actuar en Málaga el 6 de enero de 2016. Desgraciadamente me lo perdí. Este Blog les avisará cuando vuelvan por España para que puedan ver el maravilloso espectáculo. Y cuando nos pongamos en pie con el “Viva España”, quedará bien claro que Víctor Lapuente Giné no tiene razón: no somos políticamente unidimensionales, somos unísonamente idiotas.

jueves, 5 de mayo de 2016

AIRBAG: UNA EDUCACIÓN SENTIMENTAL MALAGUEÑA




En el verano de 2014, me encontraba en mi gran crisis sentimental. Después de que me hubieran dejado y de haber abandonado el Chami, me veía en un nuevo momento de mi vida, totalmente diferente. Cuando le conté a mi primo Gerard, mientras caminábamos por el Paseo de los Curas, mi supuesta gran desventura amorosa, usé todo tipo de referencias literarias fantasiosas. Yo en aquella época estaba leyendo Por el camino de Swann y me veía reflejado en todo tipo de complicaciones que habían hecho imposible ese amor que secretamente debía merecer en ese mundo platónico imaginado. Le debí contar a mi primo una historia llena de fantasmas wertherianos y reflexiones flaubertianas. Seguramente hice cábalas sobre la imposibilidad del amor simultáneo, la deformación de la distancia en el sujeto amoroso y la incapacidad del retorno de la emoción. Mi primo me escuchó atentamente y me contestó escuetamente: “Es como una canción de Airbag”.  

La respuesta me molestó. Esa noche salimos a los bares de cada verano e hicimos las cosas de siempre: cervezas, futbolín y cotilleos. Yo, mientras escuchaba algunas canciones míticas en el Modernícolas, mascullé para mis adentros que mi historia amorosa personal merecía mucho más que un simple “Ahí viene la decepción”. He seguido recordando esta anécdota estos años. Hoy pienso que mi primo tenía razón. 

De un verano a otro te perdí” 

Mi historia con Airbag comienza hace mucho tiempo, antes de comenzar el bachillerato. Yo tenía un skate, camisetas de bandas punkis y un grupo de música, Área 51, que comenzó sus andadas en 3º de la ESO: era un perfecto pringado quinceañero. En esos años creo recordar que el bajista de Airbag vivía en la urbanización del que era nuestro amigo Topo, cerca de donde yo vivía. Allí jugábamos al fútbol y al baloncesto, quedábamos para hacer skate y acabábamos a altas horas de la noche hablando de historias sobrenaturales. En ese entorno conocí Airbag, gracias a mis amigos. Mi canción favorita era Roswell 1947, relacionada con todas esas conversaciones sobrenaturales que nos gustaba tener. La primera vez que vi a la banda en directo fue en el recinto Eduardo Ocón, en la Alameda Principal donde tantas cosas nos pasarían. 

Airbag me ha acompañado desde entonces. Cuando en bachillerato cambié de grupo de amigos por un cúmulo enorme de circunstancias, una de las cosas que me unía con Miki y con Champi era Airbag. A raíz de este tipo de bandas fuimos conociendo muchas más y a empezar a hacer cosas por la música. Lo que nos unió definitivamente como grupo de amigos fue ir a Madrid en bachillerato a ver a los Arctic Monkeys. Este viaje a Madrid, mitificado hasta el extremo, supuso muchas cosas para nosotros. Nos ubicó en un grupo de gente concreto y nos situó en una esfera social muy determinada de la que no hemos salido del todo: la de unos bares malagueños trufados de referencias musicales y un determinado tipo de ocio y ambiente. Ya en la Universidad y en Madrid, mis amigos siguieron viniendo a verme con la excusa de los conciertos: Pink Floyd, Supertramp, Muse, Toundra… Yo me reía de mí mismo en 1º de carrera diciendo que todas las chicas con las que había salido habían coincidido conmigo en algún concierto de los Arctic: era el filtro tonto de mis 18 años, no sé por qué. Tonteé con una mítica chica gallega en los prolegómenos del concierto del Palacio de Vistalegre, con apenas 17 años. Volví a coincidir con esa chica en el Juan Luis Vives: nos dimos cuenta a los dos meses de estar allí de que ya nos conocíamos, de que había una razón por la que la cara del otro nos sonaba. Me he encontrado a esa chica en multitud de lugares inesperados. La última vez fue en Tudela, Navarra. En Málaga me lie con alguna chica (¡noches pasadas en el Village Green!) tras cantar juntos canciones de los Arctic, a Sonia la conocí en el FIB al que fueron los Arctic, también a Sara. Incluso coincidí sin saberlo con la chica de la que hablaba al principio en Vistalegre (¡!). Todas las chicas que me gustaban fueron primero de los Arctic y luego de los Airbag. ¡Air Tac!

Lo diré con una sola frase
Eres un monstruo de final de fase

Airbag ha estado presente en el Chami desde antes de que yo llegara. En las fiestas sonaba Ahí viene la decepción y unos cuantos mirábamos a las chicas modernas (que en realidad eran las únicas que nos hacían caso) con cierta sorna. Todos los veranos han sido El último de los veranos desde segundo de Bachillerato: ¡Cómo planeábamos el futuro Guille y yo mientras jugábamos a las paletas!  ¡Y cómo nos sobrepasó! El último día que coincidí con el inigualable Luis en el Chami, el 31 de mayo de 2013, fuimos a un concierto de Airbag en la sala Galileo Galilei. Su hermano, entre los flotadores y los continuos empujones, subió al escenario para lanzarse. Cuando lo hizo nadie lo cogió. El resultado fue un buen golpe y unas buenas risas. Ese día nos despedimos: Luis se iba con una beca a los Estados Unidos al año siguiente. Cerramos una etapa en común junto a Airbag: Chueca y yo abandonamos la puerta del Chami dirección a nuestras ciudades y Luis se quedó unos pocos días más en Madrid. 

Ese verano de 2013, ay, empecé a escribir en una revista llamada Modernícolas. Era una tontada, pero ahora lo identifico con un tiempo feliz: estaba con la chica que quería, tenía un proyecto relativamente claro de año siguiente en Madrid y me quedaban unos días muy divertidos por delante en mi Málaga. Ese verano fue verdaderamente El último de los veranos. El 14 de agosto de 2013 comenzó la relación a distancia, el Golpe al sueño de verano. El 24 de agosto de 2013 escribí una crónica (aquí está, modificada por la censura del Modernícolas) sobre el Indio Rock al que fui con Ferni, donde vi a los Airbag y conocí a los míticos Stone Pillow, que acabarían viniendo al Chami y componiendo una canción, referida a su viaje al Colegio Mayor, sobre vivir los momentos que nos tocan. En ese momento yo no me daba cuenta de todo lo que estaba perdiendo aquel verano. Fui incapaz de escribir como hace Savater sobre el Derby tras la ausencia de su Sara: llenándolo todo con la presencia de su ya inevitable ausencia. Esto es una tontería pero lo he pensado muchas veces: con aquel verano se acabó mi juventud. 

Un último coletazo de tonta juventud tuvo lugar en diciembre de 2013. Tocábamos unos amigos un concierto conmemorando la vuelta de Luis a España en el salón de actos del Chami. Canté la canción Ahí viene la decepción. Al día siguiente llegó ella de Dinamarca. Yo, orgullosísimo de mí mismo con mis conciertos y tonterías, no estaba muy pendiente de su llegada a Madrid. Esa navidad fue la última vez que estuvimos juntos. 

He comprobado el efecto tan raro
Que ocurre las veces que me encuentro contigo
Me haces el truco de siempre
Primero me haces caso y luego estás ausente
Y yo me quedo tocado para un rato
Pensando en un terremoto de ideas y dudas
Que no me llevan nunca a ningún lado. 

Airbag me salvó en 2014. Con el desastre de la distancia, De un verano a otro te perdí. A finales de mayo de 2014 me iba del Chami y mi relación se había acabado definitivamente tras una vuelta desesperada de los dos a Málaga. No sólo había sido mi primo quien me había hecho referencia a Airbag, incluso ella se había referido a nuestra relación como algo de un verano. Bastante aturdido, el 12 de junio de 2014 fui al SMS en Málaga con bastantes de mis amigos. El año anterior había estado con Guille y con ella y nos habíamos emborrachado al son de Pony Bravo y El Columpio Asesino. Ese año tocaba Airbag y, quizás porque lo deseaba mucho, empecé a fijarme en multitud de chicas y a conocer a muchos de los que han ido siendo mis amigos o conocidos en mis últimos tiempos malagueños. La chica de los ojos vidriosos se convirtió en la chica no, la chica moderna pelirroja es solo una chica normal y la rubia elegida como epifanía no es más que la chica nueva. Adri, Champi y Miki protagonizan todos los pogos y a mí me encanta mirar cómo estamos en nuestro ambiente. Y luego ir al choque. 

 En los bares donde ella va a divertirse por las noches a mí no me dejan entrar por zapatillas de deporte. 

Una vez cambiado como lugar de encuentro el Modernícolas por el Smile, el verano de 2015 se construyó en base al de 2014: mismos bares, mismas chicas visionadas, mismas bandas. El Ojeando fue lo primero que hice tras volver de Alemania y muchas de las historias comenzadas en 2014 se siguieron desarrollando en 2015. 

Muchas veces nos encontramos a Adolfo, Pepillo y José Andrés en el Drunk-O-Rama y demás bares en los que siempre acabamos. Nunca nos acercamos a saludarlos; pero alguna vez estaría bien que supieran que han sido importantes en nuestra vida. Nuestro ambiente está en esos bares y todo lo que nos ocurre parte de ahí: es nuestro nicho sociológico. He visto conciertos de Airbag innumerables veces. En el Ojeando, en la sala Velvet, en el Recinto Ferial, en Villanueva del Trabuco, en Madrid y en Málaga.  Mi hermana conoció en un concierto de Airbag a Juan, mi grupo de amigos se creó a partir de estas bandas y el concierto que estamos deseando cada verano es el suyo. Más allá de extranjeras ocasionales, mis opciones de encontrar aventuras de verano pasan por las historias de la playa del Candado, por las películas, libros y discos que a nadie importan y por los ambientes que grupos como Airbag han generado y que hacen que nos sintamos bien en nuestra ciudad.   

Este verano seguramente no tengamos concierto de Airbag. Además, apenas vamos a coincidir todos cuatro días escasos en Málaga. Sin duda serán días de juegos de mesa, películas malas de ciencia ficción, cervezas inolvidables y bares que nos sabemos todos de memoria. Seguramente veamos a Adolfo en algún bar y diremos: “¡Mira, tío, es Adolfo, el de Airbag!”. También veremos a algunas de las chicas con las que nunca hablamos y nos reiremos. Es algo increíble observar cómo, aunque todo cambia, hay algunas cosas que se mantienen inalterables. Y está bien que así sea.

Y fue como si nunca hubiera sucedido.
Las tardes, los helados
Las cervezas, los veranos
Y mientras
Poco a poco me fui dando cuenta,
Que el invierno dio a todo la vuelta.
Y de un verano a otro te perdí.
Y de un verano a otro.
Te fijaste en otro.


Gracias, Airbag. Por la ligereza y por salvar tantos domingos. Y por haberme explicado mejor lo que pasó que muchos libros y películas.